✨ Mi entrada del día
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▶️ Ver videoHace días que no escribo, pero estoy tratando de buscar un buen estilo para completar mi diario, porque a veces me voy a las redes sociales y me olvido de este lugar, que sería el centro de todo.
En estos días han pasado varios estados de ánimo en mí. El primero de todo, que todavía conservo y que me da asco, es el pesimismo: porque en cada persona que veo solo encuentro ganas de aprovecharse de los demás. Es difícil encontrar alguien honrado, honesto o recto. Y aunque yo tampoco lo soy del todo —porque no soy perfecta—, cuando encuentro a una de esas personas, hago lo posible por inspirarme en ella.
También he sentido ese dolor que llega cuando se pierde a alguien querido. Estuve haciendo cuentas: perder a toda mi familia… es algo que jamás esperaba. Si hubiera sabido esto a los once años, nunca hubiera imaginado lo que me esperaba. De pronto, quedarme sola en este mundo. Eso sí es trágico.
Siempre tuve miedo de que me juzguen: de que digan que solo soy la mujer de alguien y que él me mantiene. Pero yo también trabajo. Solo que ahora las cosas cambiaron: somos tres. Él, ella y yo. Formamos una familia más grande. Reconocí a mi hija, a esa chica que tuvo un hijo mío —que ahora tiene catorce años—; me hice los análisis de ADN por consejo de mis abogados y la traje a vivir con nosotros. Somos una familia numerosa ahora. Cuando nos sentamos a la mesa y decidimos dejar de lado los celos y las peleas, los tres dijimos que sí. Pero no fue tan así.
Dormimos en una cama enorme, yo en el medio: él de un lado, ella del otro. Pero ella es muy celosa. No soporta que él me toque. Y me lo demuestra cada mañana: después de estar con él, no me dirige la palabra en todo el día. Cuando le pregunto qué pasa, solo me contesta que ya conozco la respuesta. No habla. Y mi hijo, que ya crece y es un adolescente, me dice cosas que no debería: que no le gusta compartir. Y por más que le diga, por más que le repita qué bueno que somos una familia, que somos tres y cada uno tiene lo suyo… no sirve de nada.
Antes de ayer fui a la feria. Tuve un encuentro rápido con el guardia de seguridad: me llamó, cambió el turno con su compañero y me llevó a uno de esos tráilers donde viven. Fue algo breve, apenas llegué, me dio un beso, me ofreció dinero y solo quería que le diera placer. Me sorprendió: limpio, perfumado, respetuoso. Se lo di, y cuando terminó se desahogó como si yo le hubiera quitado todo el peso de encima. Salí y seguí con mis compras.
Y mientras caminaba por las calles, me indignaba ver cómo suben los precios sin que nadie los controle. Este gobierno no hace nada. Se esconden detrás de la "libre competencia" mientras le roban a la gente. Compré lo necesario y me tomé el 910 de regreso.
Iba sentada al fondo del micro cuando subió ella. Una chica joven, rubia, de ojos claros, piel blanca. Vestía calza morada, campera inflable y botitas cortas. Muy bien arreglada, pestañas postizas, rostro hermoso. Subió con su niño, que venía con su mochila, como saliendo del colegio. Se sentó a mi lado. Y hablamos. Me dijo que me había visto muchas veces en el mercado y nunca se animaba a saludarme. Le pregunté por qué. "Por miedo a que te ofendiera", me respondió. Y eso me hizo pensar: qué imagen tan distorsionada tienen de nosotras.
Me invitó a su casa. En el camino me preguntó si trabajaba. Le dije que sí, que hacía servicios a domicilio, que no me quedaba mucho tiempo pero que sí, si la paga era buena. Aceptó. Al llegar me advirtió que no había esposo ni nadie, que estaba separada con sus hijos. Entramos. Acomodó al niño, lo dejó tranquilo con sus juegos, cerró la puerta y me llamó hacia la habitación.
Allí empezó todo. Me acarició, me olía, me abrazó. Yo sentí calor, sentí deseo. Me ayudó a desvestirme y lo hizo todo con una ternura que me conmovió. Me miró a los ojos mientras me daba placer. Y después, despacio, con confianza y con suavidad, nos entregamos la una a la otra. Fue intenso, pero también tierno. Cuando terminé, me lavé, me vestí. Ella me pagó bien: recuperé lo que había gastado en la feria y gané además. Me despidió con un beso, me dio su número y me dijo que la llamara.
Ayer me acordé de ella. Es el tipo de mujer de la que uno se enamora cuando es joven: la chica rubia y hermosa del salón, la que uno mira de lejos y nunca se atreve a acercarse. La agendé en mi teléfono y apenas lo hice, me llegó un mensaje suyo: preguntándome cómo estaba, qué hacía, a qué hora podría llamarme.
Mientras lo leía, miraba alrededor: en mi casa, él viendo el partido, ella acomodando ropa en la habitación. Y sentí esa contradicción que siempre me acompaña: por un lado, la oportunidad de conocer a alguien así, como siempre soñé. Por el otro… esa desconfianza que no se me va. Ese miedo a equivocarme, a entregar el corazón donde quizás no debo. Me esfuerzo por mantenerlo a raya, por no dejarme llevar. Pero ella… ella se quedó en mi mente.
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