Los días felices

 Querido diario

Hace un par de semanas que mi marido no fue al trabajo, se tomó un descanso por estos fríos que calan los huesos aquí en Mendoza. Y la verdad es que todo cambia cuando él está en casa: no es lo mismo que cuando estoy sola. Tenemos seis hijos suyos, que le dio la tenencia porque la madre no pudo hacerse cargo, todos van a la primaria; es tan lindo levantarnos juntos, preparar el desayuno con el alboroto de ellos, y llevarlos a la escuela abrazados.

Antes, cuando me quedaba sola, el tiempo se me iba en cosas que me llenan: estudiar un rato, limpiar con calma, hacer ejercicio, ir a ver a alguna vecina para charlar un poco y contar los chismes del barrio. También solía salir yo misma a hacer las compras, y de paso trabajaba en el camino con mis clientes; ahora él prefiere hacerse cargo de todo lo que hay que comprar y yo me quedo aquí en casa. No es qque me moleste, al contrario, me siento más cómoda así, pero en el fondo extraño salir, extraño el camino y el trato con la gente.



Ahora que él está aquí, casi no hago nada de lo que acostumbraba. Él pasa horas viendo películas de vaqueros o de los años 80, y luego me pide que le haga la comida, que le lave la ropa, que atienda a todo lo que necesita. Y en la cama... bueno, ahí es muy bueno, no voy a negarlo. Nos abrazamos, hacemos el amor y nos quedamos horas así, unidos. Pero a veces se le pasa la mano: se queda dándole y dándole tanto rato, sin detenerse, que llego a un cansancio tan grande que me duermo en medio de todo, agotada. Y pienso: tampoco esto es bueno para mí, no puedo seguir así.

Porque lo que más me gusta es tener las manos ocupadas: revisar que la ropa de los niños esté bien doblada en sus armarios, que no se acumule ropa sucia, preparar la cena con tiempo para que salga todo bien. Pero cuando estamos juntos, terminamos discutiendo en la mesa casi siempre. A la comida le falta siempre algo: o le falta sal, o le falta aceite, o dice que está cruda, o que está muy cocida... y de ahí pasamos a las voces altas, a los gritos, y hasta alguna vez ha volado un plato por el aire.

Es una cosa extraña: cuando estamos separados, nos llevamos de maravilla, nos extrañamos, nos queremos. Pero cuando estamos juntos en casa, se nos cruzan los cables y terminamos peleando. Es un aprendizaje nuevo para mí: ver que lo que nos hace bien en la distancia, nos cuesta mucho cuando estamos pegados todo el tiempo. Y no sé todavía cómo arreglarlo, solo sé que lo escribo aquí para no olvidar lo que siento.

Nota de la autora:
La psicóloga y escritora Harriet Lerner, especialista en vínculos y dinámicas familiares, enseña: "El amor no significa estar pegados todo el tiempo, ni ser idénticos en lo que necesitamos; significa respetar que cada uno encuentra su equilibrio en cosas distintas, y que la cercanía funciona mejor cuando no borra lo que somos solos".

Lo que escribí aquí nos muestra una verdad muy humana: no es que nos queramos menos cuando nos cuesta convivir, es que cada uno necesita su espacio, sus ritmos y sus propias actividades para sentirse completo. A veces creemos que estar juntos es hacer todo lo mismo, estar todo el tiempo en el mismo lugar, pero la realidad es que nos complementamos mejor cuando respetamos que a mí me hace bien salir y ordenar, a él le gusta su descanso y sus películas, y que ni la distancia ni la cercanía excesiva son buenas por sí solas: el equilibrio está en el medio.

También nos recuerda que las discusiones no son el fin del amor, sino una señal de que necesitamos aprender a decirnos con calma lo que nos cansa, lo que extrañamos y lo que nos hace bien, sin gritos y sin exigencias. Cada uno tiene su forma de cuidar la relación, y a veces nos toca aprender poco a poco qué es lo que nos hace bien a los dos.

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